Gilson es uno de los grandes exponentes del tomismo existencial del siglo XX. Su tesis central es que Tomás de Aquino descubrió algo que la historia de la filosofía había ignorado en gran medida: el acto de ser (esse) es irreducible a la esencia. En cualquier ente finito, lo que una cosa es (su esencia) no incluye el hecho de que sea. La existencia no es un predicado lógico ni una nota de la esencia, sino el acto de actualidad que hace que la esencia sea real.
Para Gilson —siguiendo a Tomás— el esse no es el más pobre de los conceptos (como pensaría un lógico), sino el más rico y perfecto, porque todo lo demás (bondad, verdad, unidad) lo presupone. El ser es el acto primero, el que actualiza todo lo demás.
El esencialismo es la tendencia, dominante en la historia de la filosofía occidental, a pensar el ser como si fuera una esencia o un concepto: responder la pregunta ¿qué es el ser? en términos de qué tipo de cosa es, en lugar de reconocer que el ser es ante todo un acto —el acto por el cual algo existe.
El esencialista, cuando piensa en “ser”, piensa en una forma, una idea, una determinación inteligible. El ser queda así reducido a aquello que puede ser pensado, definido, captado por el concepto.
Platón. El mundo verdadero es el de las Ideas, es decir, de las esencias eternas e inmutables. El ser pleno corresponde a las formas inteligibles. La existencia concreta de las cosas particulares es casi un defecto, una participación degradada. El modelo de realidad es la esencia, no el acto de existir.
Aristóteles. Corrige a Platón devolviendo las formas al interior de las cosas, pero su metafísica sigue siendo fundamentalmente una ontología de la forma (morphé, eidos). El acto supremo (energeia, entelecheia) es la actualización de una forma. El motor inmóvil es pensamiento puro que se piensa a sí mismo, la esencia inteligible por excelencia. Tampoco aquí hay un acto de ser en sentido tomista.
Los filósofos medievales no tomistas. Incluso dentro de la escolástica se produjo una recaída en el esencialismo:
La filosofía moderna. Gilson ve en Descartes, Leibniz y Wolff la consumación del esencialismo. La metafísica se convierte en ontología formal: el estudio del ser en cuanto concepto posible, en cuanto esencia pensable. Christian Wolff sistematiza esto explícitamente: el ser es lo que es posible, lo que no implica contradicción. La existencia real queda como algo añadido a la esencia posible, y metafísicamente secundario.
Kant hereda este esencialismo y saca su consecuencia: si el ser no es más que un concepto, entonces “existencia” no añade nada al concepto (su argumento contra el argumento ontológico). Tiene razón dentro del marco esencialista; el error está en el marco mismo.
Hegel. Es el caso extremo: el ser puro al inicio de la Lógica es tan abstracto e indeterminado que resulta idéntico a la nada. Para Gilson esto demuestra adónde lleva el esencialismo: al vaciamiento total del ser, porque se ha confundido el ser con el concepto más vacío posible.
La raíz del error es confundir el plano lógico con el plano real. En lógica, “ser” es efectivamente el predicado más universal y vacío. Pero en metafísica, el ser no es un predicado ni un concepto: es el acto por el que algo está ahí, algo que la esencia por sí sola nunca puede explicar.
El esencialista pregunta: ¿qué es el ser? y responde describiendo una estructura inteligible. Tomás, según Gilson, pregunta: ¿qué hace que algo sea? y responde: el esse, el acto de existir, que no es ninguna esencia.
La esencia dice qué es algo. El esse dice que es. Son irreductibles.
Gilson señala algo que le parece escandaloso: el mayor descubrimiento metafísico de la historia occidental fue olvidado casi inmediatamente. Tomás formuló la distinción real de esencia y esse, murió en 1274, y sus propios seguidores (Egidio Romano, luego Suárez) la diluyeron o malinterpretaron. La modernidad arrancó sin ese descubrimiento y construyó una metafísica sobre bases esencialistas.
Gilson tiene una posición específica frente a Sartre y Heidegger:
Gilson concluye que el verdadero “existencialismo” —en el sentido de una filosofía que pone el acto de ser en el centro— es el de Tomás de Aquino, escrito en el siglo XIII y todavía no asimilado por la modernidad.
En Dios, y solo en Dios, la esencia y el esse se identifican: Dios es su propio acto de ser. Por eso la revelación del nombre divino en Éxodo 3:14 (“Yo soy el que soy”) le parece a Gilson filosóficamente coherente con la metafísica tomista: solo Dios es el Ser en sentido pleno y subsistente. Todos los demás entes participan del ser; Dios es la fuente de esa participación.
Cuando decimos que Dios es, que una piedra es, que un número es, que la justicia es — ¿estamos usando la palabra “ser” en el mismo sentido? ¿En sentidos completamente distintos? ¿O en sentidos relacionados pero no idénticos? La respuesta determina si la metafísica es posible, qué puede decirse de Dios, y si existe alguna unidad real entre los distintos tipos de realidad.
| Posición | Contenido |
|---|---|
| Univocidad | El ser se predica en exactamente el mismo sentido de todo aquello de lo que se predica. |
| Equivocidad | El ser se predica en sentidos completamente distintos según el sujeto. No hay nada en común. |
| Analogía | El ser se predica en sentidos ni idénticos ni radicalmente distintos, sino semejantes con diferencia, relacionados por una proporción o referencia común. |
La univocidad del ser fue sostenida con mayor rigor por Duns Escoto. Gilson la critica desde varios ángulos:
El argumento ontológico como síntoma. Si el ser es unívoco, Dios y las criaturas comparten un concepto común de ser, y Dios queda incluido en un género. Pero aquello que está dentro de un género está determinado por diferencias específicas, y Dios no puede ser determinado por nada exterior a sí mismo. La univocidad tiende al panteísmo o a la idolatría conceptual: hace de Dios un ente entre entes.
El ser unívoco es una abstracción vacía. Para que el ser sea unívoco hay que abstraer todo lo que diferencia a los distintos entes y quedarse con un contenido común mínimo. Ese residuo —“ser en general”— es el concepto más vacío posible. Es exactamente lo que Wolff convirtió en objeto de la ontología, y lo que Hegel puso al inicio de su Lógica como ser puro indeterminado, idéntico a la nada.
Ignora la participación. La univocidad supone que todos los entes tienen ser de la misma manera. Pero los entes finitos no son en el mismo sentido que Dios: participan del ser, lo reciben, no lo poseen por identidad con su esencia. Un concepto unívoco de ser borra esta diferencia constitutiva.
La equivocidad pura haría imposible cualquier conocimiento de Dios a partir de las criaturas y destruiría la metafísica como ciencia. Si “ser” en Dios y en la criatura no tienen ninguna relación, no podemos decir nada verdadero sobre Dios ni hablar coherentemente de la realidad como un todo. La equivocidad conduce al agnosticismo radical. Gilson la descarta por inviable.
Gilson acepta la analogía del ser como la única posición coherente.
Qué significa. Decir que el ser es análogo significa que se predica de distintos sujetos en sentidos proporcionalmente semejantes: cada ente es según el modo propio de su naturaleza y su grado de participación en el esse. Una piedra es, un animal es, un ángel es, Dios es — pero cada uno lo es de manera propia, con una densidad ontológica distinta, relacionada con los demás por semejanza proporcional, no por identidad de concepto.
Analogía de atribución. Gilson subraya que en Tomás la analogía del ser es principalmente de atribución: todos los entes se dicen “ser” por referencia al Ser primero, que es Dios. Las criaturas son ser en cuanto derivadas, causadas, participadas del Ipsum Esse Subsistens. No es que compartan un concepto de ser, sino que reciben su ser de la fuente del ser.
La tensión con Escoto. Gilson reconoce que Escoto tenía una razón epistemológica para postular la univocidad: si el ser no es unívoco, ¿cómo puede el entendimiento humano conocer algo de Dios? La respuesta de Gilson es que Escoto confunde el plano lógico con el plano ontológico. Para razonar necesitamos un concepto suficientemente común de ser —en ese sentido lógico puede funcionar casi como unívoco—, pero eso no significa que el ser sea ontológicamente unívoco. El concepto lógico es una herramienta del pensamiento; la realidad que designa es analógica.
Una consecuencia fundamental: el ser no puede ser un género. Un género se divide por diferencias específicas. Pero una diferencia específica, para diferenciar, tiene que ser algo. Y si ya tiene que ser para diferenciar al ser, entonces el ser no puede ser el género que recibe esa diferencia: el ser ya está presupuesto en cualquier diferencia posible.
Esto significa que el ser no puede ser definido (toda definición requiere género y diferencia), no puede ser subsumido en nada más general, y no puede ser tratado como un concepto ordinario dentro de una clasificación lógica. El ser es radicalmente anterior a toda clasificación.
| Univocidad | Equivocidad | Analogía (Gilson-Tomás) | |
|---|---|---|---|
| Sentido del ser | Idéntico para todos | Radicalmente distinto | Semejante con diferencia proporcional |
| Dios y criatura | En el mismo género | Sin relación | Participación: la criatura recibe ser del Ser |
| Conocimiento de Dios | Posible, pero lo rebaja | Imposible | Posible pero imperfecto, por vía de causalidad, negación y eminencia |
| Riesgo | Panteísmo / idolatría conceptual | Agnosticismo | Requiere mantener la tensión sin colapsar en ninguno de los extremos |
Para Gilson, sostener la analogía no es una solución cómoda de compromiso: es la única posición que preserva a la vez la trascendencia absoluta de Dios y la posibilidad real del conocimiento metafísico.
La historia de la filosofía que Gilson traza tiene una forma muy clara: un descenso desde el descubrimiento tomista del esse hacia el olvido esencialista, y una promesa de recuperación. Los críticos señalan que esto es historia whig de la filosofía: proyectar sobre el pasado una narrativa en la que Tomás aparece como el momento cumbre y todo lo demás como preparación o decadencia.
Paradójicamente, la lectura que Gilson hace de Tomás no es aceptada universalmente ni siquiera dentro del tomismo:
En suma: Gilson presenta su Tomás como el Tomás, y eso es una petición de principio.
Gilson insiste en que el esse no es un concepto sino un acto, que trasciende cualquier determinación esencial. Pero los críticos señalan una tensión interna:
Gilson acepta la analogía pero su tratamiento es más polémico que constructivo: sirve para rechazar la univocidad (Escoto) y la equivocidad, pero no elabora con detalle cómo funciona positivamente el conocimiento analógico.
Gilson es un filósofo cristiano que toma el nombre divino del Éxodo como confirmación de la metafísica tomista. Esto genera dos objeciones de signo contrario:
Gilson queda atrapado entre dos fuegos que lo acusan de cosas opuestas.
La acusación de esencialismo a Descartes, Kant o Hegel funciona como un trazo grueso que ignora la complejidad interna de cada sistema:
Si el esse es el acto más concreto e individual —lo que hace que este ente sea este ente aquí y ahora—, surge la pregunta clásica del tomismo: ¿cómo puede el intelecto, que conoce por universales, conocer el esse singular?
Gilson hereda este problema sin resolverlo de manera satisfactoria. El esse que describe es en cierto modo inefable en su singularidad, lo cual tensiona con la pretensión de hacer metafísica científica y comunicable.
La filosofía analítica del siglo XX (Frege, Russell, el Wittgenstein del Tractatus, y después Quine) mostró que muchos problemas metafísicos tradicionales sobre el ser son en realidad problemas sobre el funcionamiento del predicado “es” en el lenguaje. Gilson prácticamente ignora este programa.
Gilson puede responder que estos análisis operan en el plano lógico que él distingue del plano metafísico real —y de hecho esa es su respuesta implícita—, pero esta distinción misma necesita más argumentación de la que él proporciona.
| Crítica | Núcleo del problema |
|---|---|
| Historia teleológica | El pasado leído como preparación o error respecto a Tomás |
| Interpretación de Tomás | Gilson presenta su Tomás como el Tomás |
| Oscuridad del esse | Si no es conceptualizable, ¿cómo es objeto de ciencia? |
| Analogía poco desarrollada | Acepta la analogía sin elaborar cómo funciona positivamente |
| Ambigüedad teología/filosofía | Acusado simultáneamente de racionalismo y de fideísmo |
| Diagnóstico sumario de la modernidad | Lee a Kant, Hegel y Heidegger como simples errores |
| Problema del singular | El esse concreto parece resistir el conocimiento universal |
| Ignorancia del giro lingüístico | No dialoga con la filosofía analítica del lenguaje |
En conjunto, las críticas no anulan la potencia de la propuesta gilsoniana —la distinción real esencia/esse y la insistencia en el carácter activo del ser siguen siendo filosóficamente fecundas—, pero sí muestran que Gilson es más eficaz como polemista y diagnosticador que como constructor sistemático.